el malvado minorista

Tenía cara de malo, mirada de malo, andares de malo. Aunque en su interior la semilla de la maldad todavía era una cosa pequeñita, densa y dura que no había llegado a envenenar su alma del todo.

Le gustaba, por ejemplo, gritar en medio de una calle concurrida: “eh, espera, se te ha roto el pantalón, ¡se te ve todo!”. Y esconderse a observar cómo se desataba la paranoia. Le gustaba llamar a los timbres de las casas y largarse corriendo. En el supermercado, si encontraba un producto del que apenas quedaban unas unidades, las escondía detrás de otro que nadie compraba.

Y tras hacer estas cosas, se alejaba con una inquietante sonrisa en su rostro, y se decía a sí mismo “soy un malvado minorista”.

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