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La saeta del loco voló, certera y liviana. Voló y voló, como si el mismo viento la llevara en sus manos.

Luego todos callaron mientras contemplaban el impacto en el pequeño conejo, que se derrumbó al instante sobre la mullida hierba. Nadie dijo nada. Nunca antes ningún miembro de la tribu había acertado a una presa a tanta distancia. Y menos el loco.

Aquella tarde todos buscaron plumas y se las pusieron a sus flechas. Le preguntaron cómo debían ponerlas. Nunca más le llamaron loco.

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