dos corazones

La fina sábana, empapada en sudor, se adhería pegajosa a su piel. Aquel calor de agosto estático y plomizo la mantenía en una extraña duermevela que la dejaría agotada, una noche más. De pronto, sintió una inconfundible humedad en las pantorrillas, ¿se estaba derritiendo? No, había roto aguas.

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