desleal

La puerta de piedra se cerró. Tras ella, el sarcófago del faraón rodeado de sus tesoros más preciados, ricos manjares… y sus mujeres y sirvientes.

Todo cuanto dispuso llevarse al otro mundo.

“Todo no”, pensó el visir, y confió en que los niños ya hubieran llegado al río.

la voz

Papá estaba mirándola con aquella cara, la que anticipaba La Voz. La discusión había sido agitada como un vendaval, y cuando ya había berreado hasta enrojecer, justo en el lugar en que debiera haber habido un azote, aquella cara.

Luego pronunció su nombre, con la misma Voz firme, meditada, que daba forma al mundo cada vez que ella abría un “¿por qué?”. La Voz adulta que tanto le gustaba porque en su inflexión se notaba que no hablaba con un bebé, que se dirigía a una niña grande.

Y ella lo miraba, minúscula, como una coma que se precipita al final de la línea junto a una f, anticipando ese momento en el que Papá le decía algo importante:
-Estás castigada