dos corazones

La fina sábana, empapada en sudor, se adhería pegajosa a su piel. Aquel calor de agosto estático y plomizo la mantenía en una extraña duermevela que la dejaría agotada, una noche más. De pronto, sintió una inconfundible humedad en las pantorrillas, ¿se estaba derritiendo? No, había roto aguas.

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madre

Tras nueve meses, llegó el momento.
“Todo parto es una apuesta”, le había dicho la comadrona. “Apuestas una vida para ganar otra”.
La muerte lo dejó en tablas. Pero aquellos últimos segundos con su bebé piel con piel fueron los más felices de su vida.